I♥BK

[Published on Qué Pasa on April 9, 2010]

SI LOS RASCACIELOS, los teatros y los parques de Manhattan son la cara de Nueva York, Brooklyn es su corazón. El más poblado de los cinco condados que conforman la ciudad (sus dos millones y medio de habitantes lo harían la cuarta urbe con más habitantes de Estados Unidos) es donde el mito de Nueva York como un caldero de colores, ritmos y lenguas es más real que en ningún otro lugar.

A casi cuatro siglos de su fundación y 112 años de haber sido anexado a la Ciudad de Nueva York, en Brooklyn se sigue respirando un aire distinto al de Manhattan. Su horizonte todavía está delineado por sus brownstones, esos edificios de arenisca café y no más de cuatro pisos, y sus residentes continúan hablando de “ir a la ciudad” para referirse al viaje a Manhattan en metro, taxi o bicicleta. Las comunidades étnicas (judíos jasídicos, italoamericanos, jamaiquinos, rusos) siguen cultivando su identidad con límites geográficos definidos; el afilador de cuchillos sigue apareciendo de vez en cuando en su camión verde con un cigarro en la boca; y el Cyclone, quizás la montaña rusa más emblemática del mundo, sigue sacudiendo su blanca estructura de madera junto a la arena y el entablado de Coney Island. Y, claro, están el dialecto y el acento de Brooklyn, con sus vocales estiradas y sus eres inexistentes: Fuggedabouddit!

Pero Brooklyn es también presente. Su Museo de Arte sorprende con muestras como la reciente “Who Shot Rock and Roll”, un centro de arte feminista o sus retrospectivas de Basquiat y Murakami. Y si hablamos de música, fue de sus calles de donde salieron muchos de los grupos de rock y pop más interesantes de los últimos años, como TV on the Radio, Grizzly Bear, Dirty Projectors, The National y MGMT.

En literatura, cuesta encontrar a nuevos talentos neoyorquinos que no vivan en Brooklyn. A la sombra de Paul Auster —estatua viviente de las letras del condado— florecen nombres como Rick Moody, Nicole Krauss, y el trío de Jonathans: Lethem, Safran Foer, y Ames. (Este último escribió la serie de televisión Bored to Death, probablemente uno de los mejores retratos de la burguesía bohemia del condado).

Brooklyn es, también, la eterna fiesta gastronómica de sus comunidades inmigrantes (de hecho, demasiado extensa para resumir aquí), revitalizada por el refinado gusto de sus foodies, jóvenes barbudos y tatuados que abren restaurantes, fabrican semi-artesanalmente quesos o cerveza, o tuestan café con devoción. (“Toma”, me dijo hace poco un tostador amigo al pasarme una bolsa de granos guatemaltecos como si fueran una droga experimental. “Nadie más tiene este café”).

Pero, sobre todo, Brooklyn es futuro, el lugar que, por su relativa tranquilidad y arriendos bajos, ha atraído a parejas jóvenes a punto de convertirse en padres. Aquí fue donde nació mi hijo y donde —acaso más importante—vio su primera película, Yellow Submarine, en una función para niños.

En esa tarde lluviosa, mientras los colores psicodélicos explotaban en la pantalla y los Beatles salvaban el mundo cantando “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, vi su melena sacudirse mientras sus ojos absorbían un mundo nuevo. Y luego miré a mi alrededor y vi muchas otras cabecitas haciendo lo mismo y pensé que la escena sólo podía transcurrir en Brooklyn. Y, sí, también que el futuro puede ser mejor

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