Brooklyn Inn

[Published on Pie Derecho, May 2010]

A VECES PIENSO que el mejor bar del mundo está en mi barrio. Ahí, en una cuadra en la que los locales comerciales de la calle Smith parecen haberse acabado y el barrio se transforma en los brownstones de Boerum Hill, en un edificio residencial se asoma titilando el letrero de neón verde y blanco de la cerveza Brooklyn Lager. Unos pasos más allá flotan sobre la puerta esas once maravillosas letras: BROOKLYN INN.

Para ser perfecto, un bar tiene que ser solamente eso: la única comida que se ofrece aquí son los pocillos gratuitos y sin fondo de manís y otros snacks (aunque se permite ordenar de una larga lista de locales del barrio). Aquí se viene a beber, a conversar y a olvidarse del mundo que avanza obstinadamente allá afuera, lo que sucede apenas uno pone los pies sobre el tablado de madera, la vista en el cielo de lata y los codos sobre el largo mesón de madera traído de Alemania a fines del siglo XIX. Una vez que uno se ha reconocido en el gigantesco espejo que se alza tras las botellas del frente, se pueden ver, escondidas tras la barra, las otras joyas del local: las antiguas heladeras de madera que ahora se utilizan para alojar botellas

En el jukebox se suceden Johnny Cash, jazz y rock clásico. Se pide una cerveza de las ocho que se ofrecen en barril ($5-$6 la pinta), el tiempo comienza a pasar más lento, y esta tarde puede transcurrir en cualquiera de los cerca de 140 años que el Brooklyn Inn lleva operando. Aquí se conversa sin apuro, allá se lee y en la sala del fondo alguien prueba suerte sobre la pequeña mesa de pool; y mientras mezcla un Martini, el cantinero habla con los vecinos que siguen viniendo a despejar la mente día tras día al final de la jornada de trabajo, apenas salidos de la estación Bergen del subway.

 Los bebedores que padezcan también del vicio de la literatura podrán reconocer el Brooklyn Inn camuflado en las páginas de Motherless Brooklyn, la premiada novela de detectives de Jonathan Lethem, uno de los escritores más famosos del condado. (De hecho, Lethem,  que vive y trabaja a un par de cuadras, suele aparecerse por el Brooklyn Inn). Pero no hay mejor ficción que la realidad de un lugar donde se puede beber mientras se mira las hojas caer de los árboles tras los ventanales enrejados, y se espera con ansiedad infantil que no llegue el momento de pagar y tener que cruzar en dirección opuesta bajo esas once letras mágicas para volver al mundo real. Pero cuando eso sucede, si la jornada ha sido buena, uno nunca es el mismo que entró.

Ojalá todos los barrios tuvieran un lugar así.

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