Rising and Falling Like Foam

[An article on the Exchange Bar & Grill, published on Qué Pasa, here in its original version: in the third person.]

LA LLAMADA NO PUDO SER MÁS PROMISORIA. Se le pedía al cronista comprobar la existencia de un rumor que sehabía extendido hasta Chile: que en Manhattan había abierto sus puertas un bar en que el precio de las bebidas se regulaba de acuerdo a las leyes de la oferta y la demanda.

A las pocas horas, el suscrito se apersonaba en el Exchange Bar & Grill de la calle 21. Si al poner pie en el mentado boliche traía en mente la idea de usar su misión como coartada para beber antes de las dos de la tarde un día de semana, la escena le quitó la sed de golpe: dos jubilados demoraban sendas bebidas como si el terminarlas les fuera a significar la muerte. Uno de ellos sacaba a veces la vista del vacío para conversar de béisbol con Mike, el cantinero.

Por sobre las cabezas de Mike y sus clientes corrían en una pantalla electrónica los valores de los bienes que se transaban, único indicio del sistema de precios del bar aparte del poco imaginativo nombre (¿por qué no haberlo bautizado “La Mano Invisible”, por ejemplo? ¿“Punto de Equilibrio”?). Corriendo rápidamente de derecha a izquierda en caracteres rojos se podían leer cosas como: “ABSOLUT +7 BACARDI 6.75 BLUE MOON 6 BURGER 9 CORONA -5.50…”.

“Nos ha ido muy bien”, respondió Mike con una sonrisa amplia al ser consultado acerca del incierto éxito del local. “Pero el sistema de bolsa no comienza a funcionar sino hasta las ocho de la noche. Tienes que volver más tarde”.

Al día siguiente, el cronista volvía sobre sus pasos cerca de la hora señalada, esta vez premunido de una sed que ningún cuadro, por magro que fuera, podía mitigar. El bar estaba apenas un poco más lleno (contó siete parroquianos) y Mike había sido reemplazado por dos simpáticas cantineras que preferían el ruso para comunicarse entre sí.

Una de ellas –que bien podía llamarse Ana– explicaba unos minutos más tarde el funcionamiento del bar en un inglés exótico, mientras le servía a su inquisidor una Sam Adams ($5, precio de happy hour): “El sistema registra cuando se vende más de una bebida, y eso provoca que suba su precio y baje el de las demás. Los incrementos se producen de a 25 centavos, y hay un margen de dos dólares en ambos extremos. A veces, también decidimos que hay un ‘derrumbe de mercado’ y por 15 minutos vendemos todos los tragos a precios muy baratos”.

Minutos después, el profesional volvía a la carga. Le preguntó a Ana cuándo podría, finalmente, ver a los parroquianos –absortos en el partido de los Mets o en volátiles conversaciones– gesticulando enardecidos para conseguir un trago cuyo precio se desplomaba. “Mira, lo que pasa es que está un poco lento ahora”, respondió con una sonrisa siberiana. “Pero si vienes un fin de semana, vas a ver que los precios están cambiando todo el tiempo”.

Terminada su cerveza, el articulista se dio cuenta que no tenía nada más que hacer en el Exchange Bar & Brill. Recogió su libreta de notas y caminó los pocos pasos que lo separaban de su bar favorito de Manhattan. Ahí nadie especulaba sobre nada: todos tenían claro que beber es un negocio muy serio.

Barcelona / Linguamón

DURING THE LAST DAYS OF APRIL, I visited Barcelona invited by Fundación Linguamón, an organization of the Generalitat de Catalunya devoted to the promotion of multilingualism. There I learned of their House of Languages project, and produced packages on languages and immigration for NY1 Noticias.

Interviewing Joan Ubeda, of Media 3.14, for NY1 Noticias. Photo by Fernando Bague.
Interviewing Joan Ubeda, of Media 3.14, for NY1 Noticias. Photo by Fernando Bague.

At the offices of Benedetta Tagliabue, architect of House of Languages. Photo by Fernando Bague.

Brooklyn Inn

[Published on Pie Derecho, May 2010]

A VECES PIENSO que el mejor bar del mundo está en mi barrio. Ahí, en una cuadra en la que los locales comerciales de la calle Smith parecen haberse acabado y el barrio se transforma en los brownstones de Boerum Hill, en un edificio residencial se asoma titilando el letrero de neón verde y blanco de la cerveza Brooklyn Lager. Unos pasos más allá flotan sobre la puerta esas once maravillosas letras: BROOKLYN INN.

Para ser perfecto, un bar tiene que ser solamente eso: la única comida que se ofrece aquí son los pocillos gratuitos y sin fondo de manís y otros snacks (aunque se permite ordenar de una larga lista de locales del barrio). Aquí se viene a beber, a conversar y a olvidarse del mundo que avanza obstinadamente allá afuera, lo que sucede apenas uno pone los pies sobre el tablado de madera, la vista en el cielo de lata y los codos sobre el largo mesón de madera traído de Alemania a fines del siglo XIX. Una vez que uno se ha reconocido en el gigantesco espejo que se alza tras las botellas del frente, se pueden ver, escondidas tras la barra, las otras joyas del local: las antiguas heladeras de madera que ahora se utilizan para alojar botellas

En el jukebox se suceden Johnny Cash, jazz y rock clásico. Se pide una cerveza de las ocho que se ofrecen en barril ($5-$6 la pinta), el tiempo comienza a pasar más lento, y esta tarde puede transcurrir en cualquiera de los cerca de 140 años que el Brooklyn Inn lleva operando. Aquí se conversa sin apuro, allá se lee y en la sala del fondo alguien prueba suerte sobre la pequeña mesa de pool; y mientras mezcla un Martini, el cantinero habla con los vecinos que siguen viniendo a despejar la mente día tras día al final de la jornada de trabajo, apenas salidos de la estación Bergen del subway.

 Los bebedores que padezcan también del vicio de la literatura podrán reconocer el Brooklyn Inn camuflado en las páginas de Motherless Brooklyn, la premiada novela de detectives de Jonathan Lethem, uno de los escritores más famosos del condado. (De hecho, Lethem,  que vive y trabaja a un par de cuadras, suele aparecerse por el Brooklyn Inn). Pero no hay mejor ficción que la realidad de un lugar donde se puede beber mientras se mira las hojas caer de los árboles tras los ventanales enrejados, y se espera con ansiedad infantil que no llegue el momento de pagar y tener que cruzar en dirección opuesta bajo esas once letras mágicas para volver al mundo real. Pero cuando eso sucede, si la jornada ha sido buena, uno nunca es el mismo que entró.

Ojalá todos los barrios tuvieran un lugar así.