[Published on Pie Derecho, July 2010. Click to enlarge.]
Category: Press
Marc Anthony Sings the Songbook of Mom and Dad
Blogging the revolution
[My first contribution to Latina, an article on the Cuban blogger movement, can be read here.]
Rising and Falling Like Foam
[An article on the Exchange Bar & Grill, published on Qué Pasa, here in its original version: in the third person.]
LA LLAMADA NO PUDO SER MÁS PROMISORIA. Se le pedía al cronista comprobar la existencia de un rumor que sehabía extendido hasta Chile: que en Manhattan había abierto sus puertas un bar en que el precio de las bebidas se regulaba de acuerdo a las leyes de la oferta y la demanda.
A las pocas horas, el suscrito se apersonaba en el Exchange Bar & Grill de la calle 21. Si al poner pie en el mentado boliche traía en mente la idea de usar su misión como coartada para beber antes de las dos de la tarde un día de semana, la escena le quitó la sed de golpe: dos jubilados demoraban sendas bebidas como si el terminarlas les fuera a significar la muerte. Uno de ellos sacaba a veces la vista del vacío para conversar de béisbol con Mike, el cantinero.
Por sobre las cabezas de Mike y sus clientes corrían en una pantalla electrónica los valores de los bienes que se transaban, único indicio del sistema de precios del bar aparte del poco imaginativo nombre (¿por qué no haberlo bautizado “La Mano Invisible”, por ejemplo? ¿“Punto de Equilibrio”?). Corriendo rápidamente de derecha a izquierda en caracteres rojos se podían leer cosas como: “ABSOLUT +7 BACARDI 6.75 BLUE MOON 6 BURGER 9 CORONA -5.50…”.
“Nos ha ido muy bien”, respondió Mike con una sonrisa amplia al ser consultado acerca del incierto éxito del local. “Pero el sistema de bolsa no comienza a funcionar sino hasta las ocho de la noche. Tienes que volver más tarde”.
Al día siguiente, el cronista volvía sobre sus pasos cerca de la hora señalada, esta vez premunido de una sed que ningún cuadro, por magro que fuera, podía mitigar. El bar estaba apenas un poco más lleno (contó siete parroquianos) y Mike había sido reemplazado por dos simpáticas cantineras que preferían el ruso para comunicarse entre sí.
Una de ellas –que bien podía llamarse Ana– explicaba unos minutos más tarde el funcionamiento del bar en un inglés exótico, mientras le servía a su inquisidor una Sam Adams ($5, precio de happy hour): “El sistema registra cuando se vende más de una bebida, y eso provoca que suba su precio y baje el de las demás. Los incrementos se producen de a 25 centavos, y hay un margen de dos dólares en ambos extremos. A veces, también decidimos que hay un ‘derrumbe de mercado’ y por 15 minutos vendemos todos los tragos a precios muy baratos”.
Minutos después, el profesional volvía a la carga. Le preguntó a Ana cuándo podría, finalmente, ver a los parroquianos –absortos en el partido de los Mets o en volátiles conversaciones– gesticulando enardecidos para conseguir un trago cuyo precio se desplomaba. “Mira, lo que pasa es que está un poco lento ahora”, respondió con una sonrisa siberiana. “Pero si vienes un fin de semana, vas a ver que los precios están cambiando todo el tiempo”.
Terminada su cerveza, el articulista se dio cuenta que no tenía nada más que hacer en el Exchange Bar & Brill. Recogió su libreta de notas y caminó los pocos pasos que lo separaban de su bar favorito de Manhattan. Ahí nadie especulaba sobre nada: todos tenían claro que beber es un negocio muy serio.
Barcelona / Linguamón
DURING THE LAST DAYS OF APRIL, I visited Barcelona invited by Fundación Linguamón, an organization of the Generalitat de Catalunya devoted to the promotion of multilingualism. There I learned of their House of Languages project, and produced packages on languages and immigration for NY1 Noticias.



Brooklyn Inn
[Published on Pie Derecho, May 2010]
A VECES PIENSO que el mejor bar del mundo está en mi barrio. Ahí, en una cuadra en la que los locales comerciales de la calle Smith parecen haberse acabado y el barrio se transforma en los brownstones de Boerum Hill, en un edificio residencial se asoma titilando el letrero de neón verde y blanco de la cerveza Brooklyn Lager. Unos pasos más allá flotan sobre la puerta esas once maravillosas letras: BROOKLYN INN.
Para ser perfecto, un bar tiene que ser solamente eso: la única comida que se ofrece aquí son los pocillos gratuitos y sin fondo de manís y otros snacks (aunque se permite ordenar de una larga lista de locales del barrio). Aquí se viene a beber, a conversar y a olvidarse del mundo que avanza obstinadamente allá afuera, lo que sucede apenas uno pone los pies sobre el tablado de madera, la vista en el cielo de lata y los codos sobre el largo mesón de madera traído de Alemania a fines del siglo XIX. Una vez que uno se ha reconocido en el gigantesco espejo que se alza tras las botellas del frente, se pueden ver, escondidas tras la barra, las otras joyas del local: las antiguas heladeras de madera que ahora se utilizan para alojar botellas
En el jukebox se suceden Johnny Cash, jazz y rock clásico. Se pide una cerveza de las ocho que se ofrecen en barril ($5-$6 la pinta), el tiempo comienza a pasar más lento, y esta tarde puede transcurrir en cualquiera de los cerca de 140 años que el Brooklyn Inn lleva operando. Aquí se conversa sin apuro, allá se lee y en la sala del fondo alguien prueba suerte sobre la pequeña mesa de pool; y mientras mezcla un Martini, el cantinero habla con los vecinos que siguen viniendo a despejar la mente día tras día al final de la jornada de trabajo, apenas salidos de la estación Bergen del subway.
Los bebedores que padezcan también del vicio de la literatura podrán reconocer el Brooklyn Inn camuflado en las páginas de Motherless Brooklyn, la premiada novela de detectives de Jonathan Lethem, uno de los escritores más famosos del condado. (De hecho, Lethem, que vive y trabaja a un par de cuadras, suele aparecerse por el Brooklyn Inn). Pero no hay mejor ficción que la realidad de un lugar donde se puede beber mientras se mira las hojas caer de los árboles tras los ventanales enrejados, y se espera con ansiedad infantil que no llegue el momento de pagar y tener que cruzar en dirección opuesta bajo esas once letras mágicas para volver al mundo real. Pero cuando eso sucede, si la jornada ha sido buena, uno nunca es el mismo que entró.
Ojalá todos los barrios tuvieran un lugar así.
I♥BK
[Published on Qué Pasa on April 9, 2010]
SI LOS RASCACIELOS, los teatros y los parques de Manhattan son la cara de Nueva York, Brooklyn es su corazón. El más poblado de los cinco condados que conforman la ciudad (sus dos millones y medio de habitantes lo harían la cuarta urbe con más habitantes de Estados Unidos) es donde el mito de Nueva York como un caldero de colores, ritmos y lenguas es más real que en ningún otro lugar.
A casi cuatro siglos de su fundación y 112 años de haber sido anexado a la Ciudad de Nueva York, en Brooklyn se sigue respirando un aire distinto al de Manhattan. Su horizonte todavía está delineado por sus brownstones, esos edificios de arenisca café y no más de cuatro pisos, y sus residentes continúan hablando de “ir a la ciudad” para referirse al viaje a Manhattan en metro, taxi o bicicleta. Las comunidades étnicas (judíos jasídicos, italoamericanos, jamaiquinos, rusos) siguen cultivando su identidad con límites geográficos definidos; el afilador de cuchillos sigue apareciendo de vez en cuando en su camión verde con un cigarro en la boca; y el Cyclone, quizás la montaña rusa más emblemática del mundo, sigue sacudiendo su blanca estructura de madera junto a la arena y el entablado de Coney Island. Y, claro, están el dialecto y el acento de Brooklyn, con sus vocales estiradas y sus eres inexistentes: Fuggedabouddit!
Pero Brooklyn es también presente. Su Museo de Arte sorprende con muestras como la reciente “Who Shot Rock and Roll”, un centro de arte feminista o sus retrospectivas de Basquiat y Murakami. Y si hablamos de música, fue de sus calles de donde salieron muchos de los grupos de rock y pop más interesantes de los últimos años, como TV on the Radio, Grizzly Bear, Dirty Projectors, The National y MGMT.
En literatura, cuesta encontrar a nuevos talentos neoyorquinos que no vivan en Brooklyn. A la sombra de Paul Auster —estatua viviente de las letras del condado— florecen nombres como Rick Moody, Nicole Krauss, y el trío de Jonathans: Lethem, Safran Foer, y Ames. (Este último escribió la serie de televisión Bored to Death, probablemente uno de los mejores retratos de la burguesía bohemia del condado).
Brooklyn es, también, la eterna fiesta gastronómica de sus comunidades inmigrantes (de hecho, demasiado extensa para resumir aquí), revitalizada por el refinado gusto de sus foodies, jóvenes barbudos y tatuados que abren restaurantes, fabrican semi-artesanalmente quesos o cerveza, o tuestan café con devoción. (“Toma”, me dijo hace poco un tostador amigo al pasarme una bolsa de granos guatemaltecos como si fueran una droga experimental. “Nadie más tiene este café”).
Pero, sobre todo, Brooklyn es futuro, el lugar que, por su relativa tranquilidad y arriendos bajos, ha atraído a parejas jóvenes a punto de convertirse en padres. Aquí fue donde nació mi hijo y donde —acaso más importante—vio su primera película, Yellow Submarine, en una función para niños.
En esa tarde lluviosa, mientras los colores psicodélicos explotaban en la pantalla y los Beatles salvaban el mundo cantando “Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band”, vi su melena sacudirse mientras sus ojos absorbían un mundo nuevo. Y luego miré a mi alrededor y vi muchas otras cabecitas haciendo lo mismo y pensé que la escena sólo podía transcurrir en Brooklyn. Y, sí, también que el futuro puede ser mejor
On the Cuban Blogger Movement
The April issue of Latina is out, including my first collaboration for the publication, an article on the surprising Cuban blogosphere that goes beyond its more famous figure, Yoani Sánchez.
[The article is only in the print version as of now.]
After the Earthquake
At 3:34 a.m. on Saturday, February 27, when the fifth-strongest earthquake ever recorded hit a large area of Chile, I was sleeping with my wife in a hostel of Pucón, a beautiful town in the Lake District of the country. Even when Pucón didn’t receive the strongest impact of the earthquake and we suffered no damages (as a matter of fact, I went back to sleep a few minutes later), when I woke up the next morning, I realized three things: how lucky we had been; that returning to the north of the country that day as planned would be a great adventure; and that I should report to my TV station as soon as I could.
A few hours we made it to Ruta 5 Sur, the country’s main highway, we managed to connect to the Internet via a mobile broadband connection. Most of the telephone lines of the country were not working, so we didn’t find out that our 2 year old son and the rest of my family were alright until we talked to my brother, who lives in Switzerland, via Skype. He had been following the events of the earthquake since the European morning,
and had learned about our parents through a cousin who lives in Australia, and had somehow managed to talked to her parents, who were vacationing next to ours.
Then came work. Somewhere in a long detour from the destroyed highway, in the middle of a long line of cars that slowly crossed through Angol, I managed to make a phone dispatch (via Skype) to NY1 Noticias. In the next days, I combined meetings with family and friends with a series of phoners for Noticias and its sister station, NY1 News.
Here is a video dispatch I made for the show of my friend Juan Manuel Benítez, Pura Política:
Back in New York, I was invited to participate in NPR’s Tell Me More to talk about the earthquake and the undergoing inauguration of President Sebastián Piñera. [Listen here.]
New Blog: Tinta Idiota
Just as if I had unlimited free time on my hands instead of none, I have decided to start a new blog on media. Tinta Idiota is a blog in Spanish about the digital revolution and journalists I admire and loath.
Why “idiot ink”? Because, paraphrasing Hölderlin, we are geniuses when we think, but idiots when we write. (Particularly if we are journalists, you might add.) Additionally, because of the volatile state of media, the printed word looks at times sad and stupid, while digital ink looks presumptuos, unstable and stupid. And, last but not least, because of those first verses in Dylan’s “Idiot Wind.”
As journalists, we are idiots, babe. It’s a wonder we can even feed ourselves.








